Significados ocultos de las películas

by Josito-Artista Multimedia

Los significados ocultos de las películas by Josito

Publicado en Significados ocultos de las películas el 2 de Septiembre, 2005, 19:10 por Tankian

¿Qué se esconde detrás de las películas más célebres de la Historia del Cine? ¿Son tan inocentes como parecen? Los significados ocultos, las sugerencias más delirantes, los personajes más intrigantes,...

Si Boris Izaguirre se presta a descubrir El armario secreto de Hitchcock en quizá el peor libro publicado en este año, ¿por qué yo no, que escribo mejor y tengo más glamour?

EL MAGO DE OZ

Si hay una película delirante en la Historia del Cine es El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Adaptando el clásico de la literatura juvenil de F. L. Baum, la maquinaria de Hollywood realizó una de las más ambiciosas producciones de su historia, que supuso un exitazo tremendo, que llevó a Judy Garland a un estrellato instántaneo.
Pero El mago de Oz no es un cuento inocente. Parte de una Kansas en sepia, donde Dorothy, niña soñadora, no encuentra su sitio en un paisaje inhóspito, en una crítica plecara al mundo de la América profunda. Ella sueña con ir más allá del arco iris, y con la canción Over the rainbow se da carta de naturaleza al movimiento gay internacional.
El huracán que lleva volando la casa por el aire es sin duda el primer acto de rebeldía interior de una niña en proceso de pubertad, porque, seamos sinceros, el huracán lo ha provocado ella a base de telequinesia, y con el perro Totó como medium infalible.

Dorothy llega a un mundo de Technicolor donde unos enanos extrañísimos, vestidos con hilarantes ropajes, la aclaman como su alternativa demócrata frente a las brujas fascistas que los asolan.

 

Y de repente, aparece una de ellas, teñida de verde y entre humo rojo. La Malvada Bruja del Oeste es una Hitler, una Stalin, presta a conseguir los "chapines de rubíes" como garantía de su poder (como quien conquista Rusia, vamos).

Suerte que Dorothy encuentra cuatro colegas que la ayudan en su viaje a la Ciudad Esmeralda, porque, lo más fuerte, ella ha llegado a donde quería, ¡pero quiere volver a Kansas! Eterna insatisfacción humana, llega a lo más alto y no se siente cómoda, porque no está dispuesta a sacrificar su inocencia.
Y más intrigante, los personajes que encuentra en su viaje se parecen sospechosamente a los vecinos de Kansas. El Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León quieren algo que ya tienen, y no será hasta que lleguen a la Ciudad Esmeralda cuando se den cuenta de que son valientes, sentimentales e inteligentes. Por tanto, ¿qué significa ese viaje sino una lucha velada contra el fascismo? Sus personajes no tienen ningún interés en principio en luchar contra la bruja; lo hacen por motivos estrictamente personales.

Una vez que conocen los efectos lisérgicos de un insensato campo de amapolas opiáceas (esa bruja estaba hecha una Bin-Laden de la vida), llegan a la Ciudad Esmeralda, donde previsiblemente el Mago de Oz es un farsante. El supuesto bienhechor, el presidente de los Estados Unidos, no es más que un pobre hombre asustado, que seduce a sus visitantes con palabrería, antes de lanzarlos a la guerra con la bruja-facha, rodeada de un ejército de monos alados y alérgica al agua purificadora, que acabará finalmente con ella.

Dorothy renuncia a su labor política en Oz, porque quiere irse de ese sitio. Ella es una outsider y pasa de compromisos. Aparece el Hada Buena y le dice: "Pero, hija mía, si con los chapines de rubíes, podías haberte ido a Kansas desde el principio".
Evidentemente, el Hada Buena se había guardado esa importante información, utilizando a la niña como una pobre recluta una mercenaria que no cobra en una guerra que no es la suya, mandándola al Este y al Oeste, a través de las trincheras que componen ese camino de baldosas amarillas.
Dorothy sólo puede decir "Se está mejor en casa que en ningún sitio" y abandona esa mezcla de Disco Fever insensato que es Oz, habiéndose cargado a dos brujas casi sin despeinarse.

MUJERCITAS

No hay nada mejor que, aprovechando estos calores veraniegos, abrir la ventana, respirar hondo y gritar con fuerza "¡¡¡Mujercitas es una novela de lesbianas incestuosas!!!". Os aconsejo esa pequeña terapia, da muy buenos resultados y a lo mejor, te contratan de pregonero para las próximas fiestas de tu barrio.

Pero, volviendo a lo nuestro, Mujercitas tiene su adaptación cinematográfica más paradigmática en el elaborado pastelón en Technicolor que la Metro perpetró en 1949. Cursi, traumatizante e inevitable en cualquier programación navideña que se precie, quizá esta versión de Mervyn Leroy no sea la mejor de las que se ha hecho, pero tiene unas sugerencias que no tiene ni la más reciente adaptación que protagonizó Winona Dejalasmanosquietas.

¿Por qué, queridos míos, no es esa Jo, con nombre asexuado ya de entrada, esa marimacho entrañable de toda la vida? Más bruta que un arado, detesta el miriñaque y prefiere hacer obras de teatro haciendo de hombre, con bigote y todoooo. Se permite decirle que no al pardillo del Laurie, y en una climática conversación con su madre, esta la consuela, diciéndole que se vaya a ver mundo y que ella la seguirá queriendo igual....aunque sea una (tachán, tachán) ¡¡¡solterona!!!

Cuando conoce al Profesor Baer, inicia con él una relación básicamente intelectual, y el hombre, que a mí siempre me ha dado en la nariz que es del gremio, le insiste en mejorar la calidad de sus historias, buscando en lo personal, y que no se conforme con ser una chica de serie B. Lo más curioso de la version del 49, y aquí es donde quería llegar yo, es que Jo y el Prof. Baer nunca llegan a darse un beso, algo que sí ocurre en la versión de Cukor y en la de Gillian Armstrong.

Pero lo más perverso de Mujercitas es que Jo de quien está realmente enamorada, es de sus queridas hermanas. Cuando Meg, la mayor, se liga a un coronel de esos, la Jo se agarra una depresión de las verdaderas. Y cuando la Amy se hace mayor, la muy puta le birla al Laurie (siempre me cayó mu gorda la Amy), en connivencia con la tía abuela esa que tienen, mamporrera donde las haya.
La pimienta de la película se la reservan para la frágil Beth, que está media película muriéndose, y cuando por fin la palma, es demasiado terrible pa creérselo. Gracias a que su hermana bollerita escribe una bella semblanza, titulada "Mi Beth", mientras caen las hojas del otoño; no es difícil averiguar que será esa su primera novela. Tremendo, simplemente tremendo.

BAMBI

Es tan fácil delirar con Bambi, que sin duda esta elección mía peca de facilona. Pero es que ¿puede haber cosa más intrigante que uno no sepa a ciencia cierta el sexo del personaje principal hasta que al final le salen unos cuernos impresionantes?

Una de las mejores y más exitosas producciones del inefable Walt Disney, Bambi es un sueño para los masoquistas y los ecologistas más arrebatados. Sigue a su personaje, un cervatillo, desde que nace hasta que es un pedazo de ciervo macho, mientras se suceden las estaciones y las experiencias traumáticas.

Bambi es afeminado. Sí, queridos amigos, tiene más pluma que yo borracha. Con esa vocecita prepúber y esa fijación freudiana con la diva de madre esa que tiene, nuestro Bambi es mariquita hasta en el nombre.

Se agencia dos amiguitos, a cada cual más singular, uno un conejo llamado Tambor, del tipo peludo y machote, y otro indescriptible, una mofeta con el tierno nombre de Flor, que ese sí que es asexuado, o que venga Dios Truman y me mate.

Con ellos, tiene sus pequeñas aventuras, hasta que llega Falina, una cervatilla de la misma edad que Bambi, que es una mariliendre de las que no hay, de esas que te ponen las tetas en la cara a ver si reaccionas.

Bambi tardará en reaccionar y ese giro conservador a la heterosexualidad tiene mucho que ver con el veneno que inyectó Disney a su fino bombón cursi. A la amorosa madre la matan unos cazadores. Muerte que se vislumbra con unas sombras aterradoras, que han marcado a generaciones enteras (y esto se hacía en 1940, plena Guerra Mundial, flipa maripuri). Y el bosque en llamas....

Viene el invierno y al pobre Bambi se le ha acabado la disco fever y el pobre está triste y muy freudiano. Acepta a Falina como esposa, tras luchar por ella como un hombre. Llega la primavera, saca pecho y le sale un vozarrón de aquí te espero. "Bambi, o la recuperación de la virilidad en esos niños particulares", debería titularse esta confección disneyana.
Y para redondear una buena osamenta de cuernos, para instar a una segunda parte que inevitablemente debería titularse "La vida secreta de Falina".

REBECA


La entrada de Hitchcock en Hollywood no pudo ser más deslumbrante, con su adaptación del clásico de la novela de intriga romántica, escrito por Daphne du Maurier. En un giro magistral, el querido Alfred convirtió un texto que bordea lo pacato en un monumental fresco de sugerencias y perversiones, sacando gran partido del temible (y lesbianísimo) personaje de la Sra. Danvers, el ama de llaves.

Se ha dicho mucho sobre las distintas lecturas de Rebeca; una que es una Alicia en el país de las maravillas versión "crime melodrama". Una joven inocente, virginal y un poco mema, sin nombre conocido más que el de segunda señora de Winter, entra en la espectacular mansión de Manderley, de la mano del acaudalado Maxim, atormentado por el recuerdo de su primera esposa, la muy fascinante Rebeca de Winter. Hasta que los esqueletos no salgan de los armarios, a la Joan Fontaine no se le quita la cara de virgen ni de broma.


Otra posible lectura es que todo sea un sueño lisérgico de la Fontaine. Su cara de "volada" es tan obvia, que parece que en cualquier momento se va a despertar de su sueño húmedo de reprimida señorita de compañía, a la que han puesto LSD en la taza de té.

Pero, sin duda, Rebeca, cuya primera parte transcurre en Montecarlo, era una advertencia directa a Grace Kelly, una predicción de alcance. "Cuidado con esa Costa Azul, que la carga el Diablo", parecía decirle su futuro mentor. Porque, aunque Grace Kelly en su llegada a Mónaco, no era ni mucho menos tan virginal como la Fontaine (el Rat Pack la consideró siempre una plusmarquista de la fellatio), se encontró un panorama parecido al de Manderley, con el pobre Rainiero atormentado por terribles secretos familiares y a merced de la infame tía Antoinette, que ríete de la Sra. Danvers.

Si en el tremendo incendio con el que culmina la película, llega a verse, en un extremo de perversión, la amenazante inicial de la primera señora de Winter, esa "R" parecía de nuevo una señal de peligro para la Gracia Patricia de Mónaco, en plan "Run, run for your life". Pero, como la Kelly era un poco boba, no hizo caso a la predicción, y tuvo culebrón rebequil por un tubo.

MUERTE EN VENECIA

He aquí una película de las llamadas venerables, basada en una novela de Thomas Mann, inspirada a su vez en la vida y agonía de Mahler. Visconti en la dirección, Dirk Bogarde de protagonista y un diseño de producción fastuoso.

Pero, ¿qué me ocurre con Muerte en Venecia que siendo yo, un viscontiniano de pro, es la película del señor Luchino que menos me gusta?

Porque, queridos, ¿no os recuerda todo a un elaborado reportaje del ¡Hola! patrio?

Cuando Tadzio, el objeto del deseo en una Venecia sobre la que se cierne una epidemia de peste, se sumerge en las aguas de la playa, recuerda no por casualidad a esos primeros chapuzones estivales del inefable Andrea Casiraghi, con titulares tan definitorios como "Andrea Casiraghi en las playas de Mallorca con su novia". Sí, ya, con su novia, una tal….Francisco.

 Y no me negareis que el Dirk Bogarde no sería un Rainiero ideal, avivando aún más la leyenda de principado degenerado que tiene ese Mónaco de nuestros desvelos.

En otro orden de cosas, es curiosa la escena imaginada por el personaje de Bogarde cuando se ve a sí mismo, informando a la familia de Tadzio de que deben abandonar urgentemente la ciudad, y la Silvana Mangano reacciona con una mínima sorpresa, como si le acabasen de decir que acaba de perder el Madrid.

En una posible versión norteamericana, ambientada sin duda en un MacDonalds, la cosa cambiaría radicalmente. Un guionista acabado se enamoraría de un chico de familia media de Nueva Jersey. Consciente del peligro, se acercaría a ellos y les diría "Tienen una bomba lapa debajo de la bandeja de las chips". La reacción no se haría esperar: hasta el perro sacaría la Parabellum que le regalaron con la oferta de los Friskies.

En cambio, en la Venecia de Visconti todo es mucho más decadente, más fino, y para qué negarlo, más aburrido.